viernes, 23 de febrero de 2018

Dos novelas infantiles y un plan perfecto



Ayer, de camino a la consulta médica, me pasé por la biblioteca y, como si de una visión premonitoria se tratara, saqué prestada la novela infantil Prohibido leer a Lewis Carroll de Diego Arboleda ilustrada por Raúl Sagospe (Anaya). Fíjense por dónde la cosa me vino de perlas porque me pasé un par de horas en la sala de espera. Se ve que hubo problemas en quirófano y, la verdad, si unos tenemos que leer un rato para que otros sigan viviendo unos cuantos años más, por mi, encantado. Así que, ni corto ni perezoso, me puse a devorar las páginas de tan aclamado libro...


El comienzo me enganchó ipso facto. Tenía un deje hermoso aquello de parpadear, como si fuera una antesala de lo inverosímil (y que fué...). La historia de esta institutriz (echen un vistazo y vean el sobrenombre que le cuelgan en el libro), Eugéne Chignon, que se va a hacer las américas para cuidar de una Alicia que está obsesionada con la de Carroll, es más que sugerente, no sólo porque está basada en un hecho real, la visita de Alice P. Liddell a Estados Unidos, sino porque es toda una suerte de disparatadas situaciones que, escritas con esmero, hacen que el lector suelte más de una carcajada.


En este libro también encontramos algo del mundo subversivo que se le presupone a la literatura infantil, ya que descansa sobre la rebeldía de una niña ante las imposiciones paternas, algo que puede tomarse como nexo de unión entre este libro y la tradición literaria anglosajona donde el nonsense y lo increíble toman forma y que tiene su mayor exponente contemporáneo en Roald Dahl. Por otro lado, también encuentro cierto paralelismo con la Mary Poppins de P. L. Travers, al contar con la presencia de una institutriz que prefiere conectar con la figura infantil antes que con los progenitores, es decir, otro comportamiento desafiante ante el mundo adulto que junto con el del tío (¿no ven también en él a la figura del deshollinador de la Poppins?) se perfilan como el tándem perfecto para una Alicia pequeña cuya gran ilusión es hacerle una pregunta a la Alicia que cumple ochenta años, ¿cuál será?



El tiempo pasaba veloz y la cosa se iba terminando, una suerte teniendo en cuenta que en casa me esperaba Escarlatina, la cocinera cadáver, de Ledicia Costas e ilustrado por Víctor Rivas (también en Anaya), otro título que cosechó bastante éxito hace un par de años. Así que tras unas cuantas pruebas, la caminata, un buen plato de guisado de costillas, según mi hermana y sin desmerecer al Román del libro (¡Sí! ¡Por fin alguien ha decidido bautizar con este nombre a un protagonista de ficción!), uno de mis platos estrella, me puse manos a la obra con el segundo libro del día.


La historia también tenía guasa y mucha cercanía al pequeño lector, en parte quizá por el lenguaje (más cercano a la jerga infantil que el del primer título), en parte por lo sugerente de la historia: el protagonista, un apasionado de la cocina, recibe de mano de sus padres un regalo muy especial: el cadáver de un cocinera, Escarlatina (ese era también el nombre de la enfermedad que se la cargó).


Además de hablar mucho del inframundo (N.B.: Me consta que muchos padres se han escandalizado ante la idea de un libro ambientado en el reino de los muertos, las almas y los fantasmas, los cementerios y los esqueletos, para posteriormente censurar el libro a sus criaturas, una razón más para aupar su lectura), hacer muchos guiños a la fiesta mexicana del Día de difuntos y crear un lenguaje propio (el concepto de “mortibús” me encantó), es una historia donde la amistad y la familia tienen mucho que decir.
Por hacer un apunte de intertextualidad decir que me recordó bastante a la serie El pequeño vampiro de Sommer-Bodenburg, otra en la que los humanos y los habitantes de lo nocturno se aproximan en un baile de aventuras.


Por todas estas razones y muchas más que seguramente encontrarán por otros lugares, les invito a disfrutar de sendos libros durante este fin de semana que se avecina frío y con una oferta cultural bastante pobre en lo que a salas de cine y televisión se refiere (¿Porqué narices en España, los estudios de animación no se dejan de rollos y empiezan a producir películas sobre algunos de nuestros libros que creo tendrían mucho éxito en la pantalla?). En definitiva, manta, chocolate y lectura: un plan perfecto.


jueves, 22 de febrero de 2018

De brujas, escobas y un gran libro



Continuo revisando la estantería y me encuentro con otro de los libros misteriosos de Chris van Allsburg, en este caso La escoba de la viuda, un álbum editado en castellano por Fondo de Cultura Económica. Aunque mucha gente conoce Jumanji o El expreso polar gracias a su adaptación a la gran pantalla, para un servidor merecen más atención otras obras de este mago de la intriga y el suspense...
Ni que decir tiene que la La escoba de la viuda es un libro redondo, no sólo en lo que se refiere a una estructura, sino por la multitud de elementos que, a pesar de pasar desapercibidos por muchos lectores, son necesarios para darle un sentido global a la lectura de esta obra.


En primer lugar me gustaría llamar la atención sobre el formato vertical del libro, uno poco frecuente a la hora de trabajar el libro-álbum pero que, sin embargo, en este título ayuda a la narración, no sólo por concordar con la fisionomía de la escoba, un objeto provisto de un palo y sus cerdas, sino por ser idóneo para la composición en primeros planos (Van Allsburg tiene verdadera debilidad por ellos) en contrapicado que componen la mayor parte de las ilustraciones para dar sentido de profundidad (existencia de un horizonte) en las imágenes.


En segundo lugar hay que apuntar al argumento y el tipo de narración... El comienzo de esta historia y que podríamos llamar introducción por ser la única parte del texto narrado en presente, es muy poderoso ya que nos pone en antecedentes ante lo inverosímil de un hecho: las escobas de las brujas también tienen un tiempo de vida útil. Es así como, el autor, intencionadamente, incluye un detalle sobre el que muchos lectores no se habían percatado antes y lo utiliza como excusa para desarrollar su narración. También podríamos destacar que esta historia tiene rasgos diferenciadores clásicos como para adscribirse a un cuento de hadas contemporáneo y en el que aparecen algunas de las funciones de Propp (la que más me gusta es que el héroe, en este caso la viuda, recibe un objeto mágico).


En lo que se refiere al tipo de ilustraciones, cabe decir que la atmósfera gris y desdibujada que aporta el uso del grafito a la hora de realizar las ilustraciones es un gran acierto. Si a ello unimos que éstas funcionan de una manera predictiva (anteceden al texto escrito) o complementaria (añaden detalles sobre él) el resultado es, como siempre que hablamos de Van Allsburg, exquisito. Así mismo me gustaría señalar las tres dobles páginas más interesantes en lo que a ilustración se refiere y que les incluyo a continuación.




Las tres están formadas por dos parejas de ilustraciones que constituyen los “fotogramas” de comienzo y final de una secuencia interrumpida, es decir, el autor ha omitido las escenas intermedias para que el espectador genere las secuencias de manera completa pero inconsciente, es decir, que enriquezca de una manera virtual y fantástica la narración. Si a ello añadimos que el espectador no realiza una foto fija, sino que el objetivo/ojo se mueve junto al objeto en movimiento (en la primera escena la bruja, en la segunda el perro y en la tercera la escoba blanca), podemos decir que el ejercicio de interacción con el lector es más que notable.


En lo que a composición textual se refiere, podemos hablar de una prosa tejida con frases cortas y directas enmarcadas entre calabazas (más que un símbolo en festividades paganas anglosajonas) que dejan sugerencias e incógnitas a un lector que gusta de continuar un universo de ficción, de construir conjeturas al libre albedrío gracias a elementos propios o ajenos del ideario colectivo.


En definitiva, les recomiendo que se dejen seducir por esta historia en la que una viuda recibe un regalo más que útil como agradecimiento a los cuidados prestados a una bruja caída del cielo. Más si cabe cuando lo que en principio puede parecer una lectura lineal, no lo es tanto y tiene muchísimos niveles discursivos, entre los que caben la defensa de lo propio, el uso de la astucia como forma de supervivencia, la dicotomía entre lo fantástico y lo real, la necesidad de la compañía cuando se aproxima la tercera edad, el gusto por las artes y el trabajo, o que la deslealtad, la envidia o el alcahueteo son enormes defectos humanos.

martes, 20 de febrero de 2018

De "peses" plateados y excusas para imaginar



Hoy me desmarco del plantel de novedades porque me apetece hablar de uno de los libros más extraños (para unos) y extraordinarios (para otros como yo) de lo que llevamos de siglo, El Pes (Lóguez, 2002).
Seguramente habrán oído todo tipo de adjetivos sobre este álbum de las autoras Hanna Johansen (texto) y Rotraut Susanne Berner (ilustraciones), más que nada porque su lectura no deja indiferente a nadie. Se ha llegado a decir que en este libro se pueden encontrar numerosos discursos, incluso algún crítico se ha atrevido a decir que habla sobre el origen de la vida desde la perspectiva de un niño (será por esa simbología tan acuática en la que se desarrolla la acción) pero el caso es que un servidor ve otras muchas cosas más evidentes.


El Pes cuenta la historia de amistad entre una niña, Dodo, y una criatura quimérica, la que da título a este libro, mitad pez mitad persona, que recibe como regalo el día de su cumpleaños. A pesar de su calidad estética (N.B.: Colorido y formas se conjugan en un baile armonioso donde la amistad y las aventuras son una excusa para el disfrute), la narración, a mi juicio, tiene tres grandes bazas discursivas...
La primera es esa especie de confusión entre Dodo y su madre a la hora de denominar al supuesto “pes”. Su madre piensa que es un error de pronunciación (debería ser “pez” en vez de “pes”), pero la niña la corrige, es decir, asesta la primera llamada de atención a un mundo adulto que intenta encorsetar su cosmos fantástico. ¡Bien! Empieza la subversión.


Por otro lado también debemos detenernos en la estructuración narrativa que se articula sobre las escenas principales. En todas ellas se observa que la imaginación es la generatriz de nuevos ecosistemas en los que cobran vida varios objetos que aparecen en la habitación de Dodo (prestar atención a la primera página del libro, esencial para comprender todo y de composición magnífica por utilizar la barrera física entre página derecha e izquierda como divisoria entre dos espacios que en un futuro albergarán hábitats muy distintos). Se llena de mundos oníricos en el que osos polares y pingüinos de juguete pasan a ser de carne y hueso para habitar selvas tropicales y océanos lejanos que preceden al sueño, un momento ideal para rendirse al juego.


Por último, hay que llamar la atención sobre los adultos y su papel en esta historia. Padre, madre y abuela se empeñan en romper la magia que desatan Dodo y su nuevo amigo, tres (me encanta este número impar, tan especial y tan utilizado en cuentos y narraciones infantiles) momentos en los que la realidad adulta quiere hacer regresar a la niña de su creación fantástica para irse a la cama. ¿Para qué truncar su libertad? Me pregunto ¿Para soñar? ¿Acaso no está soñando ya?


Aunque el uso de recursos como la desaparición de márgenes como forma de desbordamiento narrativo está muy presente en muchos autores (les remito al Dónde viven los monstruos de Sendak o En el desván de Oram y Kitamura) hay que terminar el paseo por este libro tan interesante diciendo que Dodo, al contrario que otros protagonistas, prefiere quedarse en el espacio-tiempo que le proporciona el Pes, a regresar al lado de su familia, a una realidad que, aunque le pertenece, no le merece. Es así como, al final, la habitación entera, queda sumergida en la pecera, un lugar mínimo en el que, sin embargo, no hay límites para la fantasía.

lunes, 19 de febrero de 2018

Practicando la expresión escrita



Nada como empezar la semana en mitad de un atasco (y eso que esto no es Madrid... no me quiero ni imaginar lo que sería la capital española con el paso de burra que aquí llevan muchos...) para ponerse a pensar en los alumnos, en cómo llevo la programación, en sus resultados, qué actividades plantear..., ¡Ah! ¡Y un listado de libros! Para que lean un poquito y aupar así esa expresión escrita que delata a muchos en los exámenes... Que estructura oracional y signos de puntuación no es lo suyo. Y si no con esas mejoran un poquito, ¡tendré que recitarles alguna poesía...!

Puntos suspensivos

Un toque de admiración
se le regala al lector
cuando al final de la idea
nos dejan la puerta abierta.

Paréntesis

Una explicación encierran
(una sigla, una fecha)
o intercalan (como excusa)
alguna idea inconclusa.

Carol Libenson Svachka.
En: Punto y reímos.
Ilustraciones de Susana Rosique.
2017. Altos de San Carlos, Uruguay: Amanuense.


jueves, 15 de febrero de 2018

El esnobismo de la lectura



Como son tres las situaciones que me han llevado a escribir esta breve reflexión sobre el postureo de la lectura, me creo en el deber de trasladárselas para introducirles en el maravilloso mundo de la tontería literaria antes de hacer sangre.
El otro día estaba yo hablando de la lectura en un curso breve que imparto. De qué edad es la idónea para empezar a leer, de la existencia de diferentes metodologías, que si Montessori, que si tradicional, apuntaba a que cada niño tiene una evolución personal en lo que a lecto-escritura se refiere, que se puede vivir sin ser lector y morir siéndolo, que unos estudios dicen unas cosas y otros, otras, cuando de repente, una de las docentes que escuchaban señaló “¿Y los padres, qué? A mí no hacen más que presionarme porque quieren que sus hijos aprendan a leer cuanto antes...” Las compañeras asintieron calladas y yo sonreí porque no era la primera vez que escuchaba esta réplica.
En ese mismo curso y tras finalizar otra sesión, una de las asistentes se acercó a mí para comentarme algunas cosas que le habían gustado y otras que no (que para eso pagaba). Al terminar el pequeño debate le comenté que animara a otros compañeros de profesión a venir, a lo que respondió que se lo diría pero que supiera y entendiera que eran filólogos de formación, acudían a congresos universitarios, y publicaban en revistas de renombre. Volví a sonreír con perplejidad asiática y pensé que era verdad, yo no podía aportar mucho, no soy nadie, solamente otro lector.
Por último y por aludir a la red social de moda (que tanto me gusta sin ser un millenial) diré que el libro como objeto, ese que últimamente hemos puesto en el “candelabro” los amantes del álbum, lleva mucho tiempo en boga aunque no lo creamos. Adornando mesitas de noche o estanterías de diseño en perfiles de decoración, entre las manos de it-boys e it-girls o dando que hablar en las stories de famosos e influencers, los libros son la quintaesencia de lo cool, tienen mucho swing y swag.


Así, a bote pronto, está claro que la lectura, como la superlimpieza en seco de la tintorería “La Moderna”, es un signo de distinción, de esnobismo, vamos... No se asusten, no crean que voy a empezar una disertación sobre Thackeray (primero en usar el término inglés “snob”), Bordieu, o Veblen -demasiado sesudos para este jueves-, pero sí convendría centrarnos en las direcciones del término y, aunque en principio el vocablo “esnob” (castellanizado, of course) nace con un significado un tanto peyorativo (según el primer autor “aquel que admira mezquinamente cosas mezquinas”), el esnobismo que se adentra en el siglo XX evoluciona hacia un sentido más amplio en el que no se despoja de esa cáscara rugosa, pero que imprime connotaciones positivas hacia quien lo practica, ya que algunos lo incorporan en mecanismos sociológicos que tienen que ver con la superación intelectual.
Hasta ahí, todo en su sitio, pero en este sitio de monstruos cabe hacerse la pregunta “¿Qué mueve al esnobismo lector?” A mi juicio y resumiendo todas las pautas de comportamiento esnob que me he encontrado en otros lectores y en mí mismo (PINCHE AQUÍ si quiere conocer algunas), son dos las ideas que mueven el cotarro. La primera es creer que gracias a la lectura adquirimos un estatus mayor y la segunda es que la lectura nos hace mejores personas. ¡Vayamos a por la primera!


Quizá muchos consideren el esnobismo como un pecado del intelecto, más que nada porque encorseta más que libera, y no deja ver más allá de lo que se considera apropiado o “suitable” (este palabro inglés junto a “outfit” creo que se podrían extrapolar sin mucho problema al universo lector) cosa que a un clásico como yo se la trae fresca (¡Cada vez envidio más a los no lectores!). Lo que sí me molesta es que actos u objetos sirvan para cuidar la reputación y pasen a ser rasgos diferenciadores entre unos u otros, que se utilicen para ubicar en una escala a unos y otros, lo que a fin de cuentas es clasismo. El mismo que los adultos hemos trasladado al universo lector infantil gracias a una estructura social ampliamente estandarizada... Las familias cada vez tienen menos hijos y apuran sus esfuerzos en que se se desarrollen por encima de sus congéneres, en que estén super-preparados para lo que les espera. Tenemos la impresión de que si nuestros hijos no son los primeros en hacer algo, en despuntar, no servirán para nada, ni siquiera para ir a la cola del paro. Los padres ponen empeño y ultra-paternalismo (otra cosita de nuestro tiempo que también influye en todo el tinglao) en que los hijos trasciendan (N.B.: Como buenos animales que somos... Etología, pura etología). A muchos no les importa el precio (sobrecogido me hallo de la cantidad de clases particulares que reciben mis alumnos para poder aprobar asignaturas que, sinceramente, me parecen de risa, más todavía cuando se trata de los de cursos inferiores), a otros no les importa la infancia, ni el ocio de sus hijos, ni los ulteriores complejos (conozco auténticos muertos de hambre que se codean en clases de hípica con los vástagos de la media y alta burguesía... ¡Total na'!).
Con este panorama, no nos debe extrañar que la lectura infantil y juvenil se haya convertido en una forma de medrar, no sólo personal o social, sino también cultural. Cada Navidad escucho no sin gracia que los libros han llenado los hogares de media España. ¿Para qué?, me pregunto, ¿para parecer que leen? También me descojono cuando escucho que a los niños del vecino, los libros se los traen los Reyes Magos y los juguetes, Papá Noel (no sea que durante las vacaciones navideñas les dé un telele de tanta lectura).
Seguramente, algunos de estos niños acaben siendo lectores, muchos de ellos terminarán prácticando el “tsundoku” (palabra nipona que significa “Comprar un libro, no leerlo y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos”) y otros tantos no volverán a coger uno, pero el caso (y puede que lo verdaderamente importante de todo esto para una gran mayoría) es que durante la infancia sus padres han creído estar preocupándose de la cultura de sus hijos, y lo que es ¿mejor?, hacer creer a otros que sus vástagos eran culturalmente activos en lo que a lectura se refiere (¡Como si no hubiera otras parcelas culturales como la pintura, la biotecnología o la programación informática!).


En segundo lugar debemos hablar del (supuesto) poder de la lectura, ese que muchas veces acaba cegándonos. Padres, maestros, bibliotecarios, mediadores, nos pasamos el día con la boca llena de libros, de lectura, como si no hubiera otras formas de alcanzar el gozo supremo. También hablamos de la literatura como una fuente inagotable de saberes, pautas comportamentales, compendios éticos y morales, o armas curativas. Esto quizá provenga de nuestra propia forma de leer, de nuestros intereses y preocupaciones, de los prejuicios sociales, resumiendo, de nuestro esnobismo ilustrado. Tenemos tan interiorizado el canon, el porqué y el para qué, o el deber de la lectura, que nos hemos olvidado de que la lectura literaria, la lectura ociosa y distendida no nos hace libres (aunque el acto de la lectura sí sea libre, ya que no es innato) ni mejores ni peores personas, sólo debe desatar un discurso que puede tener múltiples facetas y reflejos.
Dejando a un lado las cuitas del lector adulto para decantarse por Haruki Murakami, Amelie Nothomb, Chimamanda Ngozi Adichie o Fernando Aramburu, y por ende significarse entre sus iguales, regresemos a los pequeños lectores... Las temáticas de los libros infantiles dan mucho que hablar, más desde que nos aferramos a estándares y convencionalismos sociales que nos subyugan a comprar libros sobre emociones a mansalva para que nuestros hijos sepan cómo ser más felices. También libros informativos para que aprendan muchísimo sobre dinosaurios, plantas, medios de locomoción, anatomía, ingeniería, astrofísica y mecánica, también unos cuantos para lograr el empoderamiento de la mujer, para que sepan que las féminas también han puesto su grano de arena en la Historia. También tenemos cuentos que enseñan esto o lo otro, que nos dirigen... ¡Ufff! ¡Libros para todo! ¡Cuánto, cuánto y cuánto libro!
Todo esto está muy bien, más todavía si nos mantenemos informados de las tendencias, de lo recomendado por los medios de comunicación o el experto de turno, pero ¿nos preocupa como nos transforma la lectura, cuánto aporta a nuestra capacidad sensible? Habrá libros que, a pesar de tener una clara orientación comercial y estar sujetos desde el proceso editorial pueden empujar de alguna forma la lectura, pero otros muchos son producciones vacuas que ensucian el arte literario enmascarándolo de ismos y otros males de nuestra era.


Para finalizar y darnos un buen tirón de orejas (el que esté libre de...). Unos por leer mucho, otros porque leen poco, unos por exclusivos, otros por seguir la corriente, todos somos susceptibles de caer en el esnobismo de la lectura. Lo que quiere decir que debemos regresar a la capacidad de autocrítica y poner en tela de juicio nuestras necesidades desde un plano personal, porque la lectura, aunque suponga un esfuerzo intelectual (no nos llamemos a engaño, leer cuesta y es de valorar, pero no leer tampoco es ninguna vergüenza a pesar de que nuestra cultura de primer mundo abomine este hecho desde un esquema moral absurdo y uniforme), nunca debe dejar atrás la experiencia estética y humanista, fin de cualquier arte, en este caso, literario.



miércoles, 14 de febrero de 2018

¿Es aburrido lo cotidiano?


Sé que muchos de ustedes prefieren las vacaciones a la rutina. Ese sentimiento de libertad que les recorre durante el finde, los puentes o las vacaciones de verano les parece indescriptible frente a la monotonía del resto de los días, unos que resultan repetitivos y monótonos. Rebozarse entre las sábanas hasta bien entrada la mañana, desayunar a horas intempestivas, rutas de las tapas, quedar con Mengano y Zutano, una copichuela, ir al bingo o a la verbena de las fiestas del barrio, danzar sin cesar a galope de dos tacones de aguja, cena romántica y sesión de cine... Son muchas las alternativas a realizar en esos días en los que no hay despertador que nos trunque los sueños (en mi caso, la peor de las jodiendas... ¡Sienta tan bien soñar!), pero el caso es que esta mañana, me ha dado por cavilar en lo contrario... ¿Y si la sal de la vida está en lo cotidiano?


Aunque pensemos que los días de asueto son la mar de dinámicos (o eso nos han hecho creer el capitalismo y la llamada sociedad del bienestar: ¡Dadme una demanda y moveré el mundo! Resumiendo: ciudadanos monitorizados hasta las trancas), la verdad es que hay fines de semana que mejor que no existieran, no sólo por el rollazo monumental que suponen, bailes y cubatas mediante, sino porque parece ser que, desde que la dictadura del postureo se ha instaurado, todo ha de ser exótico y desorbitado. ¿Acaso nos tiene que ofrecer el tiempo libre una alternativa de vida?


Ahora me vendrán con los sempiternos “No sé tú, pero yo tengo una familia que atender” , “Me encanta jugar con mis hijos y nunca puedo” y un largo etcétera de razones que, aunque son muy válidas y correctas, no entrañan la consecuencia de una existencia más excitante, ya que he visto padres que han invertido todo el tiempo del mundo con sus hijos pero que no han sabido encontrar un sólo instante que desate momentos dulces para con ellos.
Dejemos que ocurran las cosas. Que hacer la compra, pasarle la fregona al suelo, dar clase, comer con nuestra familia, discutir con los compañeros de trabajo, esa avería en el ordenador, los besos de buenas noches y cualquier gesto que se adscriba al día a día, nos haga felices. ¡Oigan! ¡Que no sólo lo digo yo! También se lo dice Janosch en su Buenas noches, Topolín, un librito rescatado por la editorial Los Cuatro Azules el pasado año y cuyo protagonista es especialista en salpimentar los momentos aparentemente insípidos de la rutina.


Tomen nota y háganse un favor: busquen las diferencias en cada día sin necesidad de echar mano de los que presuponemos menos encorsetados. Y si no saben cómo, cojan este libro entre las manos para leer párrafos como este “-Ahora solamente necesitas algo que te alegre la vida -dice Canario-. Porque el que siempre está alegre vive mejor que un rey.” ¿A que su día es más luminoso?


martes, 13 de febrero de 2018

De humanos, bosques y espejos


Martes de carnaval y uno, que está de libranza, se pone a pensar. Voy de mi mismo a los demás y desde los demás regreso hacia mí, una especie de círculo vicioso que, a pesar de parecer repetitivo, va mutando día a día.
A menudo me encuentro con cosas de los demás que me gustan más bien poco e intento interiorizarlas para analizarlas desde una perspectiva propia que se parece más a la autocrítica que a otra cosa... No puedo alejarme del cinismo ni del humor negro que practico, ese al que, en parte, le debo el seguir viviendo, pero sí intento aproximarme a los demás desde una mirada personal, lo que a veces me permite pasar por alto ciertas actitudes poco decorosas, inapropiadas o sencillamente reprochables. Unas veces se deben a un factor educacional en contra el que es imposible luchar por adherirse al ámbito familiar, otras a cuestiones sociológicas, esas que inundan una sociedad muy voluble y condescendiente, o a discursos anacrónicos, también a los sectarios, etc. En fin, que todos tenemos excusas aunque dependa de otros el disculparnos o no.


Probablemente de la empatía que practico (N.B.: La mayor parte de las veces la omito o no exteriorizo. Tampoco es cuestión de darle alas a cualquier mentecato), crezca el discurso interior que sostengo, tan marítimo, ese que va y viene. Es una capacidad, una especie de espejo que permite mirarse en los demás sin llegar a ser reflejo. Observo y apunto, apunto y observo... A veces, no puedo evitar intervenir, decir cuatro cosas, para evitar que los demás se alimenten de uno, que quieran trascender a mi costa. Todo tiene su lógica y justificarse sin ella (pataletas aparte) más que con el sano juicio tiene que ver con aferrarse a un enlucido, resumiendo, para salvar el tipo.


Por estas razones y seguramente muchas otras, hay gente que decide elegir un espejo solitario y contemplar el mundo desde la atalaya de lo primario, lo animal, lo monstruoso y natural. Cerros, bosques o lagos también nos permiten mirarnos, hurgar adentro, ahí, donde habitamos. Esta es la razón por la que hoy trago El bosque dentro de mí, un álbum sin palabras de Adolfo Serra que me ha encantado desde la primera página. 


Esta genial obra ganadora del XIX concurso A la orilla del viento convocado por Fondo de Cultura Económica, nos propone un viaje (casi) circular por esos caminos que nos recorren y recorremos. Este itinerario comienza con un niño que se mira en el lago y halla un compañero de viaje. Vagan por el bosque, en parte perdidos, en parte encontrados, hasta llegar a la ciudad, la civilización hostil que, lejos de amilanar su espíritu, los empuja de nuevo a la libertad. Una bella metáfora del poder que nos recorre, de cómo lo usamos, de la intemperie del alma, de lo salvaje del ser humano. 


miércoles, 7 de febrero de 2018

Celebrar los “días de...” y las efemérides ¿anima realmente a la lectura?


Si ustedes han hecho algún curso de animación a la lectura seguramente les habrán comentado que tomar como excusa la celebración de los “días de...”, como por ejemplo el Día de la Mujer, el Día de los Derechos Humanos y el Día de la Tierra, o efemérides sobre autores y títulos que tienen lugar en una fecha próxima para desarrollar actividades en torno a libros que tienen relación con ellos o sus temáticas, es un inmejorable acicate para aupar a creadores y libros con cierta enjundia que van cayendo en el olvido.


Desde mi niñez llevo observando que ambas prácticas están muy generalizadas en el mundo de la mediación lectora, unas que se pusieron de moda en los últimos años setenta, primeros ochenta (hablo de España) hasta nuestros días. De hecho, sólo hace falta visitar cualquiera de las redes sociales de moda para constatar que muchos de nosotros hacemos alusión a estas celebraciones para recomendar libros y lecturas afines (sin ir más lejos les cito los hagstags #GloriaFuertes100 durante el pasado 2017, y el #DiadelaPaz hace unos días), pero tras más de cuarenta años con esto a cuestas, me viene a la cabeza la pregunta: ¿Realmente anima a la lectura esta práctica?


En primer lugar me cuestiono cuanto mal han hecho por la libertad lectora este tipo de asociaciones, es decir, relacionando literatura con celebraciones sobre el buenismo, los llamados valores, la tolerancia y la armonía, ¿acaso no estamos contextualizando el libro en una especie de esfera pedagógica, dogmática? Luego nos quejamos de que si los libros han pasado a ser compendios de emociones o sirven para esto o lo otro, cuando nosotros mismos somos quienes, desde nuestras supuestas “buenas intenciones”, no paramos de lanzar mensajes como “Lee y serás mejor persona” o “Lee y te ganarás el cielo”. Y mientras tanto, los receptores de estos mensajes, unos que ya están de vueltas y hartos de ser utilizados como monos de feria (siempre recuerdo el empeño de una compañera de trabajo por llevarse a los críos al balcón del ayuntamiento del pueblo para que con versos de Gabriela Mistral, políticos y otros cuervos dejaran que los niños se acercaran a ellos), se resignan, se encogen de hombros y piensan para dentro “¡Ya están de nuevo los plastas estos!”.


Por otro lado el tema de las efemérides o los obituarios, aunque me gusta más (por el hecho histórico, más que otra cosa), también he de decir que me despierta pena en vez de reticencias ya que parece ser que el ser humano, incluidos libreros y bibliotecarios, abandera con compasión el acto lector. La lectura se viste de homenaje hacia el creador fallecido para expiar la culpa de dejarlo caer en el olvido (las más veces). Sería algo así como no poder decir que alguien es un hijoputa por el mero hecho de haber muerto. Alabanzas y más alabanzas, para luego, continuar acumulando polvo sobre una estantería. ¿Triste, no?


Es en este punto cuando se me vienen a la cabeza las campañas de concienciación sobre el abuso de drogas o para la prevención de los accidentes de tráfico, unas estrategias que optan por alternar mensajes impactantes con otros más laxos para que los receptores no se relajen, es decir, poder captar su atención sin caer en lo rutinario. También rompo una lanza por la estrategia de Google ese buscador que se saca de vez en cuando efemérides de la manga sin tener en cuenta los números redondos ni caer en los tópicos. Basta con algunas animaciones, música y fuegos artificiales para que los foros hiervan de entusiasmo.


Considero que el amor por los libros, aunque se siembra con un poco de pasión y magia, también ha de tener mucho espectáculo, algo que se relaciona más con lo imprevisto, lo puntual y lo sorprendente que con lo repetitivo y recurrente. Hay días que me acuerdo de Delibes y otros de Mitsumasa Anno, de Munari o Tom Rand, también de Sendak o Lionni, de Ende o Lindgren, de Los conquistadores de McKee o El enemigo de Davide Cali, también de Nana Vieja y de El libro triste de Blake y Rosen. Considero que una buena obra literaria, sólo por el mero hecho de serlo, ya está presente en nuestro ideario y debe ser respetada como tal, no quedar para engrosar los listados temáticos que ofrecemos a los nuevos lectores, sino para empujarla hacia otros que quizá encuentren nuevos caminos y otras interpretaciones igual de validas, y no utilizarla como una demostración de nuestro compromiso para con ¿nuestras ideas políticas?, ¿nuestro pasado conjunto? o ¿nuestra experiencia?


Es por ello que hoy y para desmarcarme un poco de las tendencias del pasado Día de la Paz y la No Violencia, aquí les traigo el ¿Por qué? de Nikolai Popov, una obra reeditada por Kalandraka tras algunos años de descatalogación que pone en tela de juicio los rencores humanos y su resultado bélico interpretado por ranas y ratones. En esta ocasión, la casa gallega rescata la edición primigenia sin apenas texto (existen otras ediciones en las que intervino la escritora Géraldine Elschner) para recordarnos que las maldades de las guerras son susceptibles de emerger en cualquier instante, en cualquier día.


martes, 6 de febrero de 2018

Sobre el blanco (in)visible...


Mientras la nieve se ciñe sobre las curvas de nuestro país, yo observo el paisaje por la ventanilla.
Hago un descanso mental y recuerdo mi niñez, cuando caían aquellos nevazos y llamábamos frío a los quince grados bajo cero (¡Que flojos nos hemos vuelto con la sociedad del bienestar!). Nos pasábamos el día en el parque. ¡Dale que te pego a la nieve! Bolas, muñecos, resbalones, trineos improvisados... Llegábamos a casa con una amplía sonrisa pero chorreando. Toalla, ropa seca y a seguir mirando por la ventana. Embobado con los copos, me ponía a fantasear con que si, en ese momento, me hallara en mitad del llano, a la intemperie, y la ventisca arreciara, qué pasaría. Blanco sobre más blanco, quedaría desorientado, y vete-tu-a-saber la de aventuras que me habrían pasado. Sólo en mitad de la nada...


Regreso al ahora, este momento en el que, a pesar de la imagen de la nívea meseta que sigo respetando, mi mar de tierra cubierto por el invierno, sé que es posible la supervivencia. Aprovecho para pensar en los inuits, en el pueblo sami o en los habitantes de Siberia. Ninguno de ellos ha perecido, sino que se han adaptado. No pueden controlar el hielo o la nieve pero sí saben su comportamiento, como hacerlo más liviano. Iglús y trineos, reno y husky siberiano. No hay tu tía, en un hábitat hostil hay que buscarse las mañas.
Fíjense en los animales. Primero en las presas... Los lemings excavan sus galerías bajo el hielo para no ser vistos por las rapaces. Tampoco se deja ver la liebre de las nieves, camuflada bajo su blanco pelaje, una estrategia que también secundan la perdiz nival o las focas jóvenes. Al otro lado quedan los depredadores. Zorros árticos y osos polares, carabos lapones, armiños y lobos siberianos, que utilizan con sigilo plumas y pelos de color blanco y así proveerse de alimento que cuando la temperatura es rigurosa, es más escaso pero igual de necesario.


Y ahora, cuando el paisaje sobrecoge, no sólo por lo inmenso del horizonte, sino por lo quieto y callado, me asalta la pregunta de “en qué animal de las nieves me gustaría reencarnarme”. Unas veces estaría bien ser un lirón que no rompa el silencio, mientras que otras no me importaría ser un lince siberiano. Aunque seguramente lo mejor sea ser como El león blanco de Jim Helmore y Richard Jones (Andana editorial), unas veces invisible, otras no tanto, y así dar buena cuenta de que siempre se puede ser uno mismo, con sus miedos y encantos.


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